La golondrina que
(no) hace verano
Acabo de salir de ayudar a
delimitar los problemas de investigación de 18 estudiantes aunque el recinto
ardiera a mares de fuego provocado por los 32°C y la falta de aire
acondicionado. Hace cuatro años cuando dicté la primera vez en esta casa de
estudios las sillas reposaban entre camiones sin poderse entregar por alguna
firma perdida entre papeles. “La cosa habrá de mejorar” pensé para mis adentros,
antes de saber que el camino de la investigación de la región surcolombiana me
traería a instalarme en las tierras del Guacacallo (nombre indio del Río
Magdalena).
Oronda con mi nuevo triunfo
laboral pronto comprendí que mi “privilegiada” -aunque todavía temporal- posición era un baúl de alto valor
simbólico no solo en la región sino en las actuales condiciones de esclavismo
laboral en que muchos se desenvuelven.
Debidamente nombrada en el think tank opita recibí la respectiva carga
académica y administrativa cuya sobredosis de comités me fue dosificada en
porciones no letales gracias a la gentileza y el espíritu de cuerpo del equipo
que me antecedía y acompaña en el departamento. No tuve que mostrar mucho los
colmillos y dejé aflorar mi lado “dulce” para entender el nuevo sistema en que
me insertaba.
Antes de que se hiciera formal
recibí muchas felicitaciones y expresiones de afecto de miembros de la
comunidad universitaria, los cuales me animaron sobre manera, siendo plenamente
consciente de las precariedades que entraña una universidad pública regional en
un país periférico.
No sé a cuántos he visto
llenárseles la boca de agua al decir que soy la nueva “coordinadora de
investigación” de “ciencias políticas” mientras me voy enterando que no puedo
investigar por falta de proyectos y de financiación para tal fin, pero que sí cuento con unas estructuras y
procedimientos claramente establecidos con excelentes docentes en formación,
experiencia y, sobretodo, con buena voluntad para sobrevivir al asedio estratégico
de Colciencias a las ciencias sociales.
Que “ahora sí” se va a fortalecer
el programa como si contara con una Meca de recursos bibliográficos,
oportunidades de bienestar, intercambio y todas esas otras cosas que dizque conducen
a la acreditación de alta calidad.
Que ahora sí “el programa despega”
porque se contrataron los docentes “necesarios” en las “áreas sensibles del
desarrollo del país” como si no viera los diez o más años que muchos de mis
colegas docentes y administrativos llevan en provisionalidad con renovaciones
de contrato que ahí, al garete y por la buena mano de Dios, se logran cada tres
meses.
Que “ya se va solucionando el
problema” y la nueva administración hace todo lo que puede o lo que la recién
aprobada estampilla no cubre.
Que “menos mal” llegó la docente
de planta (la única) para asesorar a los 250 y pico de estudiantes que recorren
el pasillo a diario esperando aprender qué es la política.
Y esto, señores, es la política: una
tensión permanente entre las fuerzas del cambio y las de la conservación de las
formas más absurdas de la injusticia en la asimetría de poderes. Un perfecto
olvido de la carne humana que tiene que investigar (y enseñar a investigar)
luchando contra el calor infame del sauna gratuito de los salones mientras se juzga
(y excluye) la casa de estudios con los más altos estándares de los “know how”
y “good wills” del norte. Se trata de la imposición del destino y del más
brutal control biopolítico. Es la anulación del diálogo y del movimiento que
disputa los sentidos del actuar colectivo para obedecer a los mandatos
públicos tomados por la tentación de los
poderes privados que lo asaltan. Es la política que paraliza y mata lentamente
con el formato, la carta, la queja y miles de estrategias más el espíritu de
cambio que hace unos años se cantaba en el himno de la U. Surcolombiana. Es el
contraste entre el estudiante que parte en unos meses a Berlín o a China a aprender
alemán o sobre patentes y la mujer
indigente que habita bajo el puente por el que paso cada noche camino a casa. Es la vista de las torres del
Oriente de Neiva que esconde a sus espaldas los asentamientos llenos de casas
cimentadas en llantas viejas y desplazados rebuscándose la vida montaña abajo.
Así no señores, así no. Esa
política no se aprende en la universidad sino en la calle; en la plaza pública;
en la componenda del contratico; en la lechona y el aguardientico de la jornada
electoral; en el abrazo solidario a la señora que barre y plancha en su casa y
que esta mañana no tenía desayuno en la mesa para los hijos. Se aprende en la
vida real, de la cual no está exenta la universidad.
Una golondrina no hace verano,
claro que no. Nunca me creí el cuento como tampoco lo creo mientras escribo
estas líneas.
Si me ha costado trabajo entender
estas tierras surcolombianas no es solo por la trasegada búsqueda de esos que
llaman “mamertos” y cuyos códigos bien conozco, en contraste con los que ignoro
de esos 18 y más estudiantes que hoy soportaron el sauna-clase sin chistar
palabra, como si fueran dueños de una capacidad de aislamiento y abstracción
digna de un Buda y que yo no termino de entender.
¡Bienvenida a la universidad
pública profesora!”, me dijo uno desde el rincón oscuro que alumbrábamos no sé
cómo con la luz de mi computador y la del videobeam (porque los bombillos no
servían). Yo me formé en la universidad
pública querido y de no ser por eso no escribiría estas letras. Quizá mucho
antes habría buscado otro rumbo diferente al de producir saber en y desde la
región. Esa utopía que cada rato quiero dejar de lado para volverme a mi casa,
mi frío y mis montañas, todas llenas del centralismo y del colonialismo por el
que me vine huyendo a la “provincia”.
Me alienta a seguir dando esta
pelea (interna y contra el mundo) la posibilidad de construir un país distinto
desde cada espacio político pedagógico que, tomado o concedido, me abra puertas
o preguntas. Y aunque me las cierre. Me alienta la opción de delimitar más
problemas de investigación para entender las realidades que me rodean; me
alienta construir saberes in-SUR-Gentes al decir de un colega; el encontrar la
vida de los estudiantes cuando se hacen preguntas sobre sus propias vidas; el
rehacerme mujer investigadora cada día; el pensar que la ciencia política que
hacemos sirve para cambiar las políticas que nos matan y que la ciencia algo de
humana tiene.
Poco me importa si los
estudiantes eligen entre una ciencia política aséptica, cuadriculada y
positivista o esta versión que reconoce el sesgo de su quehacer y andar, que
intenta recuperar los referentes éticos más allá del mercado y del sufrimiento
de la carne. Que cada uno elija la clase de política que quiera aprender y
practicar, siempre y cuando esa no sea la daga que nos condena a vivir del
mismo modo pasivo en que nos mata. La precariedad social no puede seguir siendo
una excusa para la precariedad intelectual.
Astrid Flórez
Neiva, 12 de septiembre de 2016.
A la expectativa del largo mes en
que nos prometieron se arreglaría el problema de la electricidad en la U. Surcolombiana.

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