mardi 12 décembre 2017

La golondrina que (no) hace verano  


Acabo de salir de ayudar a delimitar los problemas de investigación de 18 estudiantes aunque el recinto ardiera a mares de fuego provocado por los 32°C y la falta de aire acondicionado. Hace cuatro años cuando dicté la primera vez en esta casa de estudios las sillas reposaban entre camiones sin poderse entregar por alguna firma perdida entre papeles. “La cosa habrá de mejorar” pensé para mis adentros, antes de saber que el camino de la investigación de la región surcolombiana me traería a instalarme en las tierras del Guacacallo (nombre indio del Río Magdalena).

Oronda con mi nuevo triunfo laboral pronto comprendí que mi “privilegiada” -aunque todavía  temporal- posición era un baúl de alto valor simbólico no solo en la región sino en las actuales condiciones de esclavismo laboral en que muchos se desenvuelven.  Debidamente nombrada en el think tank opita recibí la respectiva carga académica y administrativa cuya sobredosis de comités me fue dosificada en porciones no letales gracias a la gentileza y el espíritu de cuerpo del equipo que me antecedía y acompaña en el departamento. No tuve que mostrar mucho los colmillos y dejé aflorar mi lado “dulce” para entender el nuevo sistema en que me insertaba.

Antes de que se hiciera formal recibí muchas felicitaciones y expresiones de afecto de miembros de la comunidad universitaria, los cuales me animaron sobre manera, siendo plenamente consciente de las precariedades que entraña una universidad pública regional en un país periférico.

No sé a cuántos he visto llenárseles la boca de agua al decir que soy la nueva “coordinadora de investigación” de “ciencias políticas” mientras me voy enterando que no puedo investigar por falta de proyectos y de financiación para tal fin, pero  que sí cuento con unas estructuras y procedimientos claramente establecidos con excelentes docentes en formación, experiencia y, sobretodo, con buena voluntad para sobrevivir al asedio estratégico de Colciencias a las ciencias sociales.

Que “ahora sí” se va a fortalecer el programa como si contara con una Meca de recursos bibliográficos, oportunidades de bienestar, intercambio y todas esas otras cosas que dizque conducen a la acreditación de alta calidad.

Que ahora sí “el programa despega” porque se contrataron los docentes “necesarios” en las “áreas sensibles del desarrollo del país” como si no viera los diez o más años que muchos de mis colegas docentes y administrativos llevan en provisionalidad con renovaciones de contrato que ahí, al garete y por la buena mano de Dios, se logran cada tres meses.

Que “ya se va solucionando el problema” y la nueva administración hace todo lo que puede o lo que la recién aprobada estampilla no cubre.

Que “menos mal” llegó la docente de planta (la única) para asesorar a los 250 y pico de estudiantes que recorren el pasillo a diario esperando aprender qué es la política.

Y esto, señores, es la política: una tensión permanente entre las fuerzas del cambio y las de la conservación de las formas más absurdas de la injusticia en la asimetría de poderes. Un perfecto olvido de la carne humana que tiene que investigar (y enseñar a investigar) luchando contra el calor infame del sauna gratuito de los salones mientras se juzga (y excluye) la casa de estudios con los más altos estándares de los “know how” y “good wills” del norte. Se trata de la imposición del destino y del más brutal control biopolítico. Es la anulación del diálogo y del movimiento que disputa los sentidos del actuar colectivo para obedecer a los mandatos públicos  tomados por la tentación de los poderes privados que lo asaltan. Es la política que paraliza y mata lentamente con el formato, la carta, la queja y miles de estrategias más el espíritu de cambio que hace unos años se cantaba en el himno de la U. Surcolombiana. Es el contraste entre el estudiante que parte en unos meses a Berlín o a China a aprender alemán o  sobre patentes y la mujer indigente que habita bajo el puente por el que paso cada noche  camino a casa. Es la vista de las torres del Oriente de Neiva que esconde a sus espaldas los asentamientos llenos de casas cimentadas en llantas viejas y desplazados rebuscándose la vida montaña abajo.

Así no señores, así no. Esa política no se aprende en la universidad sino en la calle; en la plaza pública; en la componenda del contratico; en la lechona y el aguardientico de la jornada electoral; en el abrazo solidario a la señora que barre y plancha en su casa y que esta mañana no tenía desayuno en la mesa para los hijos. Se aprende en la vida real, de la cual no está exenta la universidad.

Una golondrina no hace verano, claro que no. Nunca me creí el cuento como tampoco lo creo mientras escribo estas líneas.

Si me ha costado trabajo entender estas tierras surcolombianas no es solo por la trasegada búsqueda de esos que llaman “mamertos” y cuyos códigos bien conozco, en contraste con los que ignoro de esos 18 y más estudiantes que hoy soportaron el sauna-clase sin chistar palabra, como si fueran dueños de una capacidad de aislamiento y abstracción digna de un Buda y que yo no termino de entender.

¡Bienvenida a la universidad pública profesora!”, me dijo uno desde el rincón oscuro que alumbrábamos no sé cómo con la luz de mi computador y la del videobeam (porque los bombillos no servían).  Yo me formé en la universidad pública querido y de no ser por eso no escribiría estas letras. Quizá mucho antes habría buscado otro rumbo diferente al de producir saber en y desde la región. Esa utopía que cada rato quiero dejar de lado para volverme a mi casa, mi frío y mis montañas, todas llenas del centralismo y del colonialismo por el que me vine huyendo a la “provincia”. 

Me alienta a seguir dando esta pelea (interna y contra el mundo) la posibilidad de construir un país distinto desde cada espacio político pedagógico que, tomado o concedido, me abra puertas o preguntas. Y aunque me las cierre. Me alienta la opción de delimitar más problemas de investigación para entender las realidades que me rodean; me alienta construir saberes in-SUR-Gentes al decir de un colega; el encontrar la vida de los estudiantes cuando se hacen preguntas sobre sus propias vidas; el rehacerme mujer investigadora cada día; el pensar que la ciencia política que hacemos sirve para cambiar las políticas que nos matan y que la ciencia algo de humana tiene.

Poco me importa si los estudiantes eligen entre una ciencia política aséptica, cuadriculada y positivista o esta versión que reconoce el sesgo de su quehacer y andar, que intenta recuperar los referentes éticos más allá del mercado y del sufrimiento de la carne. Que cada uno elija la clase de política que quiera aprender y practicar, siempre y cuando esa no sea la daga que nos condena a vivir del mismo modo pasivo en que nos mata. La precariedad social no puede seguir siendo una excusa para la precariedad intelectual.

Astrid Flórez
Neiva, 12 de septiembre de 2016.
A la expectativa del largo mes en que nos prometieron se arreglaría el problema de la electricidad en la U. Surcolombiana.